Metidos de lleno en la Cuaresma, en el blog de El Malaguita hemos querido verle “el lado divertido” con una historia que ocurrió en Casarabonela hace algo más de cien años y de la que no se sabe a ciencia cierta cuánta parte de la misma es verdad y cuánta es mentira. Es más, probablemente quede alguna persona de este precioso pueblo que nos comente de algún familiar y/o conocido que fue partícipe de esta historia: el San Juan “viviente” de Casarabonela.

La historia comienza un día, cuando el cura párroco de Casarabonela decidió que a una de las hornacinas de la iglesia le hacía falta un San Juan. Mientras el cura se preguntaba de dónde sacarían el dinero, al sacristán, hombre ocurrente y dispuesto, se le ocurrió que lo podrían pedir a los vecinos del pueblo, que eran muy devotos de este Santo. Dicho y hecho. Tras obtener la conformidad del párroco, el sacristán comenzó a postular por las casas, prometiendo a sus vecinos que para el día de San Juan tendrían la talla en la iglesia.

Fue tan buena la labor del sacristán, y calaron tan hondo las promesas de que para el día de San Juan podrían ir todo el pueblo a rezarle a la iglesia, que en poco tiempo se obtuvieron los fondos necesarios para poder comprar la ansiada efigie de madera del santo. Es más, era tal el ánimo que transmitía este hombre, que hizo que el pueblo se viera presa de una gran euforia e incluso se organizaran actos solemnes con motivo de tan sacrosanta efeméride.

Conseguidos los fondos, llamaron al que era conocido como el Cubero, el mandadero del pueblo, y le hicieron el encargo, no sin antes implorarle, que no se entretuviera en el camino, dado que el santo debía ocupar la hornacina de la parroquia el día de San Juan. El santo no llegó a tiempo y viendo que las fiestas y las gentes estaban preparadas, al sacristán se le ocurrió otra idea: llamar a un vecino del pueblo que era de corta talla y para más señas calvo como un limón, para que se prestara a hacer de San Juan mientras llegaba la escultura. Tras duras negociaciones y algún peculio pactado el hombre accedió a intervenir en aquella pantomima.

Tras duras negociaciones y con alguna recompensa pactada, el vecino accedió a intervenir. Las luces de las velas de la iglesia se menguaron con la intencionada finalidad de que no se viera mucho la cara del falso santo y al parroquiano bajo y calvo le vistieron con los hábitos propios del santo, con una última idea del sacristán: para que la calva reluciera más y se asemejara a la policromía de una autentica talla, le untó claras de huevo en la calva, cara y manos.

El efecto fue extraordinario. Se abrieron las puertas del templo y los fieles comenzaron a entrar. Cuando el devoto público se acercó a ver al santo y algunas devotas protestaron por la poca luz, el sacristán les expuso que la policromía estaba muy fresca y se podía derretir con el calor. Así que bajo la hornacina, una legión de beatas de velos negros y caras casi tapadas, rezaban el Santo Rosario dirigidas por el cura párroco.

Pasado pocos minutos, el olor de las claras de huevos atrajeron a varias avispas, que se acercaban constantemente al vecino. Cuando una de las avispas hizo amago de picar al falso santo, éste se movió de manera casi imperceptible, provocando el comentario de una beata: “Lo bien hecho que está San Juan, ¡que parece que se mueve y todo!”. Los rezos siguieron, pero la gente estaba más atenta y las avispas seguían molestando al santo. Cuando otra de ellas le propinó otro picotazo al anegado hombre, no pudo evitar realizar un leve movimiento que fue percibido por las beatas, que comenzaron a balbucear y a comentar en voz baja contenida que “¡el santo se ha movido!”.

Al momento un murmullo se apoderó de aquel recinto sagrado y cuando el cura, que estaba de espalda al San Juan, se volvió y vio como una legión de avispas acosaban al respetable vecino, no se le ocurrió otra cosa que quitarse la zalla y echársela por encima. Acto seguido, apagó las luces de las velas y le dijo a las beatas: “Vámonos de aquí, que el calor está derritiendo la cera de la cara”. De inmediato todas le obedecieron y salieron a la calle.

Al día siguiente, llegó la talla del San Juan verdadero al pueblo y de forma furtiva se subió a su celdilla en la iglesia. Luego abrieron las puertas, se encendieron todas las luces e invitaron a todas las mujeres para que le rezaran. Al acercarse de nuevo a contemplarlo, muchas comentaron que ahora lo veían diferente, pero que “serían las cosas de la calor”. Y aunque todo volvió a la normalidad, entre aquellas beatas que rezaban fervorosamente, había un hombre que lucía varios picotazos de avispa en su cara y la calva.

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